viernes, 22 de octubre de 2010

Caminito



Desde  muy  temprano, iluminando el  paso  con la  débil luz  de  una  lámpara se va  a regar las  huertas. El  frío  es  relegado  por  el afán de  dar  agua  a  las  plantas de  melocotón, a  los  manzanos  o  a  la  papa sembrada  con tanta  ilusión.

La  vida  transcurre  así,  con un  horario diferente  al de la  ciudad de Lima,  que  detrás de  los  cerros  yermos  avisa con luces  amarillas, como un inacabado atardecer  que  sus  habitantes  duermen en la fría  madrugada. Un huayno  matizado  las  noticias  alegran la  faena  del  campesino, que  con gran  habilidad esquiva  espinas   en la  oscuridad. el ruido del  agua  corriendo  brumoso  por las  acequias  revelan la  responsabilidad de quien ama  su  labor.

Con forme  las  horas transcurren  el cielo   va  iluminando   las  nubes  con  los  primeros  rayos  del  sol. Es  la hora  en que  el frío es  más  intenso, pero que  se  hace  ya  falta  poco  para  terminar de  llevar  el  agua. hay que  aprovechar  para  aumentar  el  caudal, antes  que  le  toque  el  turno  al  siguiente  regante.

Ya  con el día  en pleno esplendor se  empieza  el regreso a  casa  a  desayunar  y  conversar  con la  familia, a  organizar  las  demás  tareas. Tras  caminar  por las  acequias, que  a la vez  sirven de  vía  de  tránsito, se  llega  al  camino  en dirección  a  Tuna.

Allá  arriba  se elevan por  encima  de  las  brillantes  calaminas  decenas  de  columnas  de  humo. Deben estar  tostando cancha;  calentando  charquie  en  las  brasas;  preparando  avena  o  leche  de las  perezosas vacas. Mientras  se imagina   el  ansiado  desayuno,  el  caminito  bordeado de  flor  de  mayo  nos  deja  avanzar bañando  los  tobillos  con el rocío.

La  vida   ofrece  maravillosas  formas  de ver  la  felicidad, ahí  a  cada  paso  que  uno da.

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